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Soledad

25 May

Soledad, f. Nunca me sentí solo. He estado en una habitación, me he sentido suicida. Estuve deprimido, me he sentido horrible más allá de lo descriptible, pero nunca pensé que una persona podía entrar a una habitación y curarme. Ni varias personas. En otras palabras, la soledad no es algo que me molesta porque siempre tuve este terrible deseo de estar solo. Siento la soledad cuando estoy en una fiesta, o en un estadio lleno de gente vitoreando algo. Citaré a Ibsen: ‘Los hombres más fuertes son los más solitarios’. Nunca pensé: ‘Bueno, ahora va a entrar una rubia hermosa, y me va a frotar las bolas, y me voy a sentir bien’. No, eso no iba a ayudar. Viste cómo piensa la gente común: ‘Guau, es viernes a la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos acá sentados?’. Bueno, sí. Porque no hay nada allá afuera. Es estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen entre ellos. Nunca tuve la ansiedad de lanzarme a la noche. Me escondía en bares porque no quería esconderme en fábricas. Eso es todo. Les pido perdón a los millones, pero nunca me sentí solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar.

Charles Bukowski

Carrera 21 # 42-29, La Soledad

25 May

Un carro, más bien camión de medicina legal estacionado frente a esa casa. Un perro ladrando desde el interior, tres puertas cerradas, una reja de madera pequeña desvencijada, una gran escultura de flores, escalones cubiertos de hojas y enredaderas. Aquel perro desesperado en el interior, ¿de qué se alimenta?.

Parece que pasó mucho tiempo antes de que alguien  supiera que la señora había muerto allí. Los gatos huyeron, los recibos se acumularon en la puerta y debajo de ella.  Los olores se disiparon en las distancias, las cortinas  apenas abiertas, los vidrios opacos y sucios,  la reja apenas en pie, el resto de la fachada hace rato dejó de resistirse, ahora es que se abandona a la soledad que actúa sobre ella. Se la va tragando. Lo que nosotros vemos desde el andén tan sólo es  la constancia pública de lo que hace rato en el interior comenzó a suceder. Las paredes se inflaron, levantando costras de pintura, el verde mohoso de la humedad se fue extendiendo a razón de cualquier trazado de tuberías, el polvo acumulándose sobre toda superficie,  rellenando todo hueco, emparejando toda hendidura,  alterando cada superficie, debajo de  él nada permanece igual, sin importar si antes fue madera o cerámica, alfombra o lo que sea, ahora  es soporte de sus miles de partículas, pelos, piel, restos de alimentos, uno que otro cadáver de insecto, ahora es que todo se cubre en razón de esta transformación. Si no fuera por el impuesto predial  que dejó de pagarse año tras año, a la casa nadie hubiera entrado y al cadáver nadie lo habría encontrado.

Toda  imagen mental sobre  la Soledad  es alterada, en este barrio de ancianos, que permanecieron en sus casas intentando que con ellos permaneciera la gloria anterior, del que ahora desafortunadamente según una de las  páginas  de la alcaldía Mayor, es lugar de los habitantes de la extinta calle del cartucho. Las que se mantienen en pie  finalmente  son las casas, modificadas continuamente por quienes definitivamente se niegan a dejarlas, ahora que nadie los limita, pueden habitarlas completamente. La soledad en ellas jamás es sinónimo de vacío, por el contrario, es presencia.

-Emilia Yepes.

Hablar solo

25 May

Una de las pocas memorias de Bogotá que me acompaña desde la niñez es haber visto en el centro de la ciudad a un mendigo viejo hablando solo. El hombre gesticulaba y movía sus manos exageradamente mientras caminaba. Parecía ensayando para una audición, pero tomándose muy en serio su rol para ser una acción preparativa.  Había mucho de verdad en este personaje, parecía el único que sabía lo que estaba haciendo en esa calle; el resto éramos como actores de reparto o espectadores incautos. Él era a la vez un personaje de ficción y una persona real, tan presente, trajinado por el tiempo y eterno.

Lo último que recuerdo fue que lanzó hacia arriba un palo que tenía en la mano diciendo algo así como “no me joda Adriano”. Los que estábamos más cerca dejamos de caminar y seguimos el recorrido del palo con los ojos. Mi abuelo, que estaba conmigo, se rió y me dijo “Adriano debe estar verraco”. Me fui pensando que el señor no estaría tan solo siempre y cuando escuchase voces en su cabeza, a Adriano o a quien fuera.

En Grizzly Man (El Hombre Oso), un documental dirigido por Werner Herzog, se relata la relación de Timothy Treadwell con los osos pardos del Parque Nacional de Katmai en Alaska, con quienes vivió durante años con la excusa de defenderlos de eventuales cazadores, aunque los casos en la zona fueran pocos, si no nulos. La historia es narrada a partir del material fílmico que el mismo Treadwell dejó de sus estancias en Alaska, alrededor de 100 horas de video que muestran imágenes de cómo él se involucra con los osos y con otros animales salvajes, de los osos interactuando entre ellos, de él hablándole a la cámara sobre él mismo, su situación sentimental, sus reflexiones acerca de los humanos, etc. y algunas entrevistas a gente que lo conoció. El Hombre Oso pasa de ser sobre los osos y la naturaleza salvaje a ser sobre Treadwell, un hombre conflictuado con la civilización y las relaciones entre humanos, que decidió vivir entre los osos, en la naturaleza en su forma más agreste.

Para muchos de los entrevistados, así reconocieran sus buenas intenciones, la posición protectora de Treadwell con los osos era injustificada e incluso contraproducente ya que los acostumbraba a la presencia humana, les quitaba cualquier tipo de prevención y de temor, dejándolos vulnerables ante una eventual agresión de cazadores. En algunas secuencias la cordura del protagonista se pone en duda: llora al lado de un zorro mientras le dice que está muy agradecido de que sea su amigo, llora por la muerte de una abeja, insulta furibundo a algunos trabajadores de la reserva por supuestamente sabotear su misión, coge excrementos de oso porque salieron de un oso y así podría estar más cerca de ellos, maldice a todos los dioses por la sequía que tiene con hambre a los osos, y como estos hay otros tantos episodios similares.

Como el mendigo del palo, Treadwell escuchaba voces en su cabeza y hablaba solo. Algunas de sus grabaciones se transmitieron por televisión y alcanzó a tener estatus de celebridad, a lo largo de la película nos enteramos que tuvo algunas novias, sus amigos entrevistados demuestran quererlo bastante, muchos compartían su brigada pro oso y la incentivaban, pero Tradewell hablaba solo. Su verdadero público era él mismo y la cámara le servía para grabar una especie de diario de cómo iba traspasando la barrera invisible que separa humanos de animales, naturaleza de cultura. La mítica libertad prometida por la efusión vital de las pulsiones más primarias y un estilo de vida simple le servían como escape y como crítica de la vida entre humanos, pero entre más tiempo pasaba en la naturaleza, más se afianzaba como personaje.

Cuando a Treadwell y a su novia los mata y se los come un oso, afirmando la “apabullante indiferencia de la naturaleza”, como la llama Herzog, se escribe su epitafio. La paradoja de convertirse al mismo tiempo en pura naturaleza (comida) y en pura cultura (personaje). Un final (de su vida como obra) contundente, trágico y teatral que muchos veían venir, inclusive él admitía la posibilidad de ser matado por uno de sus queridos osos como resultado de su voluntad de volverse otro. Una verdad que se presenta en toda su teatralidad, en ese devenir personaje, convencerse de su rol, como en el caso del mendigo…

-Marcelo Pocalus.

Fenómeno

25 May

Después del almuerzo mi mamá nos dijo -pónganse bien bonitas, usen el vestido que les regalé para ir al teatro, estén listas porque en media hora va a pasar la fotógrafa.

Las dos emocionadas subimos las escaleras y paramos un momento frente al espejo del corredor para mirarnos. Mientras nos detallábamos le pregunté a Laura -¿sabrán quién eres tú?. Ella me respondió preocupada -espero no cerrar los ojos ni salir con cara aburrida. Hizo una boca de pato y yo la imité, me miró, se rió, luego se acercómás alespejo y con su mirada entendí que un juegoestaba a punto de empezar; subió las cejas, abrió los ojos y yo también, inclinó la cabeza hacia la derecha y yo la imité, luego se empinó en la puntade los pies y yo la seguí. Me dijo -tú eres más alta que yo, y yo le respondí -sí, un poquito, mientras le daba un abrazo.

Entramos al cuarto, saqué del armario los dos vestidos, le lancé uno y nos cambiamos. Busqué en el cajón las medias blancas que salían con el vestido. Sonó el timbre e inmediatamente desde el primer piso se escuchó la voz de mi mamá diciendo -niñas, ¡llegó la fotógrafa!. Bajamos corriendo y la saludamos.

Ella, con voz agitada, nos dijo -hola chicas, mi nombre es Diane. ¿Están listas?. Las dos nos miramos y respondimos al mismo tiempo -sí. -¡Qué bien!, dijo ella, mientras miraba la entrada de la casa.

-Vengan, ¿por qué no salimos y les tomo la fotografía al frente del jardín?. Las cuatro salimos hacia el frente de la casa. Luego nos dijo -niñas, párense aquí, la luz está perfecta. De un estuche sacó un aparato con patas muy largas, instaló la cámara y dió las gracias a mi mamá. -¿Señora Arbus, éstas también son suyas?, preguntó mi mamá, refiriéndose a unas fotos que se asomaron del estuche. -Sí, respondió. -Pero si son fenómenos… Mi hermana y yo nos miramos a la cara y yo le dije -hola fenómeno. Ella inmediatamente se empezó a reír.  La fotógrafa nos dijo -chicas, miren al frente. Las dos nos volteamos y “click”, tomó la fotografía.

 

 

-María Cristina Jiménez.

25 May

Afiche (Pilar González)

25 May