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24 Nov

Hay un diez por ciento de probabilidad de que usted esté leyendo este texto al revés, lo cual está sujeto a una simple condición, algo así como el IF empleado en la programación de algoritmos. Su enunciado dicta lo siguiente: si el lanzamiento del dado resulta en el número 1, la cantidad de publicaciones con este texto al revés será de 167, ya que cada uno de los números del dado será multiplicado por 166,7. Del mismo modo, si sale 2, la cantidad de publicaciones con este texto al revés será de 333, si sale 3 serán 500 y así sucesivamente. Por eso puede ser que este texto esté girado 180 grados, que el lanzamiento lo haya puesto patas arriba y que usted esté leyéndolo al revés. Si este no es el caso, si a usted le salió al derecho y si quiere comprobar que de hecho hay ejemplares con este texto al revés tendrá que buscar uno nuevo, o dos, o tres. Le aseguro que improbablemente  usted comprobará  esta probabilidad.

 

 

-Maria Cristina Jiménez

Un día como los demás

24 Nov

Froto mis ojos mientras espero. Pequeños espacios negros se forman y los hunden. Una mota cae sobre mi saco, la detallo durante unos segundos y luego la pierdo de vista. Subo al bus, pago con un billete cualquiera y  me entregan uno marcado con mi nombre. Me pregunto ¿cuál Erika es la de éste billete?. ¿Por qué llegó a mí? Pasan por mi cabeza cientos de posibilidades, algunas sosas, otras bizarras. Dejo de pensar. Esto del  azar es tarea difícil. Busco la mota y cuando la encuentro soplo con fuerza y flota. Reaparece el pensamiento de este hecho fortuito.

Entonces dibujo un trayecto, paso de un rostro a otro, incluyendo el del personaje enmarcado  del billete. Miro detenidamente  al conductor a través  del pequeño huequito que tiene su puerta, la misma  que lo separa del resto de pueblo. Escucho a la persona que va a mi lado mientras pienso que tal vez pueda ser un mensaje de otro tipo. Siento un deseo profundo de preguntarle sus razones a quien lo escribió y que me responda de la misma manera extraña  como esto llegó a mis manos. O que de manera extraña me diga que esa Erika soy yo.

Empiezo a percibir este asunto como una dolorosa tentativa por llegar al fondo de lo que se ha convertido en un misterio. Recuerdo una frase de Ernesto Sábato que dice: “el mejor método para revelar nuevas verdades  es asegurar lo contrario de lo que aconseja el sentido común”. Me detengo en este sentido común que aparece y desaparece. Qué gran ficción es el azar. Este encuentro se ha convertido en un  desencuentro. Anulo el yerto rostro del billete  y sus ecos que permanecen en algún rincón de  mi memoria. Desdibujo este recuerdo, lo desbarato. Creo que esto ha sido una grave equivocación, pues no quiero responder a principios vagos ni hallarles su lógica. Justo en este preciso momento me parece inútil pensar en el intento fallido de tratar de develar algo que en el fondo, o tal vez muy en la superficie, tan sólo se queda en supuestos y preguntas.

 

 

-Erika Rubio

Sobreviviendo en la Cualseidad

24 Nov

Tanto afán por ser alguien, pareciera como si toda la vida se redujera finalmente a –ser alguien-. De noche parece asaltarnos la sospecha de que en realidad no somos nadie, que como lo propuso José Luis Brea, en realidad lo único que constantemente estamos haciendo es intentando inventarnos (en ocasiones dicho intento parece desesperado). No existimos o preexistimos, tan solo surgimos como producto de todo intento de registro o auto-registro, por pensar en el auto-retrato y en su hermana la auto-biografía. Pretendemos que somos alguien para otros, suponemos que hay otro que nos re-conoce. Esta creencia nos tranquiliza y entonces al menos en esto tenemos consuelo.

Alguien mira pasar gente por la ventana, luego escribe minuciosamente lo que recuerda haber visto: es gente, es ropa, son perros, cajas, maletas, la persona con la sombrilla azul y los pies cubiertos con dos bolsas plásticas del Exito, el niño que camina lentamente como tratando de llegar tarde a algún lugar, y de nuevo un perro que camina seguro sin que nadie lo lleve. Se olvidan muchas particularidades, estoy segura de que muchos registros simplemente inventan detalles, ¿que si el bolso era de cuero o de tela?, ¿que si la señora venía o iba?, en fin, ¿a quién podría importarle tal registro?. A nadie. Sin embargo se registra, se clasifica y luego se organizan los papelitos de datos en la ventana. Después de unas horas dichos registros se acumulan como bolitas de papel desechado en la esquina.

Por el andén del frente acaban de pasar dos señoras vestidas  de naranja y rojo, ellas parecen  haber coordinado entre sí los colores de sus sacos. ¿Qué probabilidad existe de que hayan tenido en cuenta los colores de la otra al momento de elegir el que vestirían?. Ninguna. ¿Qué diferencia hay entre el que pasa y el que mira desde la ventana?. Ninguna. Ambos creen ser alguien. Uno es el que mira y el otro es el mirado. ¿Pero y si el que mira lo hace para ser mirado?. Ha llegado a creer que al ser mirado Es, entonces, propone mirar atentamente, esperando que otro le devuelva la misma calidad de mirada. El que pasa, el que camina por el andén del frente, al menos en cuanto camina ignora que es registrado, no le importa, ni siquiera nota que lo miran, simplemente camina hacia alguna parte. Esta calle tiene esa característica, la gente que “la sube o la baja”, siempre la pasa, no es de esas calles que invitan a ser contempladas, las vitrinas se pierden en el afán del camino, poco observamos las composiciones con pastillaje que se hacen en la vitrina de la esquina (algunas vitrinas exponen castillos de azúcar, al estilo escocés), o las chaquetas “importadas” que exhibe el almacén “Americano” del frente. Lo cierto es que los que pasan parecen sobrevivir en la cualseidad sin ningún problema, es hasta reconfortante ser definido como alguien que iba con unos pantalones negros y camiseta  con la inscripción “vamos pa’ lante Venezuela”. ¿Por qué esto tendría que ser un problema?. ¿No deberíamos conformarnos con la idea de que para muchos tan sólo somos un peatón más que pasa por el frente de la ventana?. No. Por el contrario, hacemos el esfuerzo de ser reconocidos por alguien. De esa manera, cuando pase el tiempo podremos decir: “yo era esa que estaba en la ventana” (exponer como artistas termina siendo como estar en Esa ventana, en cualquiera, pero en una ventana, para ser mirados, eso sí, aunque digamos que es a nuestra obra en realidad a lo que miran). En fin, espero que ahora que  usted lee este texto piense que soy Alguien, tal vez hasta famoso,  ¿no ve que hasta le publican?. ¿Qué objeto tendría leer a alguien que es nadie?. Lo cierto es que seguramente esté leyendo esto por pura casualidad.

 

 

-Kristina Díaz

Père Tanguy; gravedad y comercio

24 Nov

 

Père Tanguy fue el dueño de una tienda en Paris donde algunos de los pioneros del arte moderno se abastecían de materiales. Según el retrato que le hizo su amigo Van Gogh, Tanguy fue un hombre afable y bonachón rodeado de imágenes orientales. Sus manos de artista (de la época) o de campesino, como aquellas famosas de los ‘Comedores de papas’, se amarran en un gesto de unidad un tanto ansioso. Su cara también evidencia el paso del tiempo y el trabajo de la vida sobre la humanidad del comerciante, en contraste con los rostros japoneses que adornan las paredes del establecimiento. No sé mucho más sobre Tanguy, además de la información proporcionada por el libro de donde saqué la imagen: “era un Bretón de convicciones radicales; participó de la Comuna de 1871, fue exiliado […]”.

El efecto de la gravedad sobre el cuerpo de Tanguy, algo que identifico en la figura revelada por las fotos de muchos artistas que se enfrentaron o aún se enfrentan con los dilemas de la modernidad (se me vienen a la cabeza las barbas de Brancusi, Rodin y Monet, los calzoncillos bombachos de Picasso, los ojos caídos de Giacometti y las manos de Obregón cogiendo cigarrillos), lo diferencia de los rostros japoneses. No que estos últimos estén exentos de la implacable gravedad, pero Tanguy podría ser su estandarte. Me pregunto ¿cómo habrán llegado esas imágenes a las paredes de la tienda?

Algo que aprecio del comercio es su capacidad de hacer relaciones improbables entre imágenes y entre estas y los lugares donde se muestran. Basta con ir a la Pastelería Toledo, la de la calle 45 a la altura del Parkway, y tratar de conciliar la vitrina que exhibe la armadura de conquistador con la vitrina del postre de natas y las fresas con crema. Basta mirar las paredes de Café Pasaje adornadas con fotos de las Torres Gemelas ardiendo en llamas al lado de afiches de Café de Colombia, o el boxer disecado de Mi Tierrita afirmando su espacio entre los bouquet de sombreros típicos, la colección de Guayasamines y el resto de decorados del lugar. El comercio, como las bibliotecas, es un espacio donde las imágenes flotan y retan la ley newtoniana de la gravedad. Si no fueran tantas las relaciones inverosímiles que genera,  pensaría que se trata de casualidades, en el sentido de no tener una finalidad aparente u obedecer a un orden específico.

Pareciera que estoy muy interesado en Tanguy y así es, por lo menos en éste momento, pero su retrato llegó a mi vida por casualidad y seguramente estará presente durante pocos días. Entré a una biblioteca a resolver líos burocráticos  y mientras lo hacía, se me enredaron unos libros de pintura, entre los cuales había uno de Van Gogh. La imagen me encontró a mi y no al revés.

 

 

-Néstor Gutiérrez

24 Nov

Afiche (Mugrosa Filatenience)

24 Nov