17 Sep

*

 

La entrada era un hueco en la pared, en la parte superior de un cuarto azul mal terminado, sin acabados, sin luz que lo iluminara para saber qué había allí adentro. La penumbra se apoderaba del espacio que se alcanzaba a ver. Una escalera de madera se encontraba debajo, tenía unas cuantas puntillas salidas, olía a húmedo.

Subí por la escalera vieja con sumo cuidado de que no fuera a resbalar. Invadida de miedo, entré gateando sin pensarlo. No me sentía segura, no sabía si pararme. ¿Con qué se podría encontrar mi cabeza? Extendí los brazos hacia arriba y a los lados tratando de reconocer algo. Ese día pasaba lento como si el reloj fuera hacia atrás, como si no siguiera sonando tic tac. Estaba oscuro y frío.

Lo único que quería saber era qué había allí. ¿Habrá luz? Me arrodillé para poder identificar lo que había en el piso. Bajé lentamente, mis manos atentas a lo que pudiera pasar, pendientes de cualquier indicio. Toqué el piso, era de baldosa. Estiré mi brazo, al frente había una superficie liza, al parecer eran bloques. Adentro había libros de todos los tamaños, mi mano se quedó quieta en el lomo de uno. Lo toqué, lo sentí, lo consentí como si lo conociera, seguí muy despacio para saber qué decía en las letras grabadas: ‘El mundo de los niños’. Lo abrí cuidadosamente y despertó de él un olor a viejo, a guardado. Recordé a mi abuela cuando me pedía que sacara las galleticas del baúl café, debajo de su cama. Al lado había una cosa blandita, peluda, no era muy gruesa, era como un trapo, tal vez una cobija.

Oí como si algo o alguien… ¿Alguien estaba escarbando? El corazón se me puso a mil, empecé a sudar, la angustia de no ver nada. Traté desesperadamente de encontrar una luz. ¿Seguir jugando a la gallinita ciega? ¿Sola o acompañada? Me levanté inmediatamente del suelo, ¡mierda! Me pegué con el techo. Subí las manos, alcanzaba a tocar, las fui bajando despacio, era de madera e inclinado así que di un paso a mi izquierda. Las piernas me temblaban, se negaban a caminar.

Me acurruqué lo más despacio posible y con mis brazos extendidos toqué la baldosa. Me senté. ¿Miraba? Al frente de nuevo el hueco. Desde afuera la tenue luz de la noche alumbraba el cuarto. Traté de calmarme primero y no seguir mi pensamiento que decía “sal de ahí ahora”. No hice caso y el ruido se detuvo. ¿Puede haber alguien siguiendo todos mis torpes movimientos? ¿El habitante de este hueco? Estiré los brazos hacia los lados y me topé con una reja como si fuera una jaula. Me acerqué más con la ayuda de mi otro brazo, no olía muy bien, el olor era penetrante. Me di vuelta, seguí explorando el lugar, me topé con unos zapatos, un colchón, una canasta, unas fichas.

De nuevo el sonido, sólo que ahora no me angustió, sabía que podía ser un animal. ¿Cómo no angustiarme? ¿Qué animal podría ser? Recuerdo el escalofrío. Me devolví gateando y me puse de pie cuidadosamente. “Tranquila, no pasa nada”, me decía en voz baja una y otra vez. Seguía con los ojos abiertos, respiré profundamente, suspiré. Me quedé quieta, sentí un viento muy cerca de mí, empecé a agitarme muy fuerte, estaba segura que ahí había alguien, lo sentía, lo sentí siempre. Mi mente se hizo a la idea de que estaba sola. Me di vuelta, caminé hacia la entrada.

 

Prendieron la luz.

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