17 Sep

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El baúl de mi abuela llegó al instante, su color, lo que contenía y así mismo la situación que dejó marcas: el recuerdo, signos de ausencia, huellas. Esas huellas están desligadas del relato verificable por el mismo hecho que está fragmentado. Hospedadas en mi memoria, con muchos huecos, borrosas, poco nítidas, serán imágenes construidas por los otros y por mí ya que las recreo para verlas “reales”. Dentro de la situación formada por relatos. El recuerdo está desligado del relato.

El relato, en cierto sentido, siempre es ficticio. Tan sólo una narración, no el sinónimo de alguna verdad. El tiempo pasa necesariamente por el olvido y la memoria, podría decirse que posee una virtud casi narrativa. Vivimos el tiempo como una historia, nos relacionamos con él como lo hacemos ante las secuencias en el cine.

El tiempo atraviesa y testifica todo proceso de olvido, tanto colectivo como individual. Necesitamos del otro para verificar el olvido, es decir la huella del olvido sobre lo particular vivido.

Cuando uno intenta olvidar o, por el contrario, completar esos vacíos que dejan las situaciones vividas en la memoria, la marca encontrada entre estas dos posibilidades de búsqueda es la impresión, que actúa como evidencia de la experiencia del cuerpo y podría estar relacionada con la escritura como efecto de materialización, en busca de un posible sentido, en la construcción de nuestra historia personal.

El pasado está constituido por capas: existe el pasado perdido, el pasado inmediato y el pasado en potencia, el cual es el mismo presente. El recuerdo se construye confusamente entre estas capas permitiendo el retorno. El retorno se va alimentando y complementando con la identidad de los lugares y la significación que le da cada individuo a las circunstancias vividas. Es así como hablamos de las emociones que nos producen ciertos lugares, la explosión de recuerdos podría ser el origen de todo relato. Sería imposible reconstruir con exactitud ciertas escenas que vivimos pero están presentes en nuestra memoria a partir de fragmentos que constituyen aquella impresión, de lo que antes fue experiencia.

Si el recuerdo (impresión) se alberga en la memoria como imagen, es el relato como intento de cohesión de fragmentos lo que lo materializa. Describir esas situaciones que nos hacen creer retornar, sin preparación alguna para llegar de nuevo allí, son simplemente un acercamiento, pero así mismo resultan imposibles de habitar. Este rompecabezas del recuerdo, por lo tanto, es la visión de lo borroso. Se intenta ver pero no en su totalidad, nunca tan claro como la fotografía del álbum familiar. En realidad las imágenes fijadas en este, con su supuesta nitidez, lo único que sentencian son las impresiones de nuestro cuerpo.

Al llegar a reconstruir una imagen de lo que sucedió o de lo que pudo llegar a suceder, allí adentro, donde el muro de lo borroso me vela totalmente la imagen, lo único que puedo hacer es intentar construirla por medio de experiencia y de situaciones que a lo mejor son cotidianas o no. Esos vacíos que quiero llenar en la memoria son lo que finalmente lleno con otros objetos exteriores calmando la necesidad de coherencia.

Es una posibilidad de ver pero de negar lo que se puede llegar a encontrar, por eso hay un velo, esta ambigüedad es lo que nos mantiene ligados a la memoria y así mismo al olvido.

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