Quebrado

23 Abr

La mariée mise à nu par ses célibataires, même, mejor conocida como “El gran vidrio”, se quebró mientras era transportada entre el museo de Brooklyn, donde había sido exhibida, y el museo de Filadelfia, donde se integraría a la colección permanente. La leyenda cuenta que cuando Duchamp, autor de la obra,  supo que ésta se había roto, decidió dejarla así, aceptando el desastre como parte de la pieza. La historia sugiere que, al contrario, Duchamp procuró repararla pero que ante la imposibilidad de hacerlo, se vio obligado a dejar la obra así, rota, con el vidrio fragmentado. Cualquiera que haya sido la razón, el hecho es que hoy, en una sala del museo de arte de Filadelfia, “El gran vidrio” está roto, quebrado, pues a diferencia de lo que pasa en otras prácticas humanas, en el arte “la catástrofe” no es repelida, evitada, evadida sino que se acepta, se podría decir incluso que se propicia. Hacer arte es pasar por la catástrofe. Tal vez el truco, la dificultad radique en no quedarse allí, en poder sacar algo de allí.

La anécdota Duchampiana se podría relacionar con aquello que señalaba Nietzsche en “El nacimiento de la tragedia” (¿nacimiento de la catástrofe?, ¿la “tragedia” como una suerte de catástrofe?, puede ser). Según Nietzsche, por medio de dos deidades, Apolo y Dionisio, los griegos consiguieron formular y a la vez encubrir una concepción del mundo y el doble origen de su arte. Nietzsche revela por medio de ambos las experiencias de la embriaguez del sufrimiento y el bello sueño. Por un lado Dionisio tiene que ver con lo irregular, lo imprevisto y feroz, con la omnipotencia del Ser, con la fuerza del nacer y del morir, con la Verdad. Por eso mirar a Dionisio es imposible, todo lo convierte en piedra. Debido a la crueldad, a la calidad infame de esta verdad se precisa un desvío, una forma de encauzar esta energía indomable. Así  aparece Apolo, casi como un filtro; el velo de la belleza. Este filtro, este velo apolíneo, Nietzsche lo relaciona con el mundo de los sueños, pues entre otras muchas cosas, Apolo reina sobre el sueño. Por un lado, lo dionisiaco es esa fuerza imprevisible que surge inesperadamente, que irrumpe y es caos puro y por el otro, está lo apolíneo, que da forma, que habla, que controla y restringe.

La conexión salta a la vista;  el rompimiento de “El gran vidrio” se nos emparenta con lo dionisiaco y la actitud de Duchamp que acepta esa desmesura, que incorpora esa catástrofe a su obra, refleja un accionar apolíneo. En este sentido, pareciera confirmarse la idea de que a la crueldad pura dionisiaca le suceden varios estremecimientos de corte apolíneo donde el lenguaje, el sueño y la carga simbólica realizan un contrapunteo acompasado e inevitable. Después de todo, como Nietzsche afirma desde el principio hasta el final en su texto sobre la tragedia griega, Apolo y Dionisio, “ambos impulsos, muy diferentes entre sí, siguen un camino parejo, la mayoría de las veces en abierta discrepancia, sin cesar de incitarse mutuamente a generar una escalada de nacimientos cada vez más poderosos y perpetuando a través de ellos ese antagonismo que tan sólo la expresión común arte parece mitigar”. Todo pareciera señalar que Apolo y Dionisio son una dualidad indivisible y que cualquier intento por separar dicha unión complementaria está destinado al fracaso. El uno no vive sin el otro y allí donde menos se espera, en el terreno más propio de cada uno, el otro brota, irrumpe descontroladamente, o toma control delimitándolo todo irremediablemente.

 

-Julián León.

 

 

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