Celebración

19 Nov

He visto esta foto, en la que aparece esta niña con vestidito blanco, a su lado una gran gallina negra y en medio de los dos una pequeña torta de cumpleaños cubierta en la parte superior, con una vela. El espacio, el frente de una casa en tierra caliente. No hay nadie más, seguramente la mamá que los fotografió y ya. Supongo que a este primer cumpleaños debió asistir alguien además de la gallina negra, aunque por el tamaño del ponqué parece más bien una discreta celebración. Al ojo que fotografió le pareció que la escena era lo suficientemente interesante como para fotografiarla. Pero ¿en qué consiste tal interés?, ¿acaso en lo sintagmática de la imagen?. Segundos después de la toma la gallina pudo haberse abalanzado sobre la torta, o mejor aun, sobre la niña. Las imágenes de aves de cualquier tipo picoteando los ojos de algún ser vivo o medio muerto son frecuentes en nuestros imaginarios plagados de escenas como las de Hitchcock, aunque jamás hayamos visto Hitchcock; todos sabemos que a las aves les gustan los ojos, crecí en una finca con galpón de gallinas, un día eran más los cadáveres que las que permanecían con vida. Por alguna razón inentendible para una niña de once años, las gallinas se habían atacado entre sí hasta matarse, comiéndose mutuamente por los ojos y el ano. Ese es un recuerdo imborrable, como el de aquella celebración.

 

La foto no nos permite saber qué pasó después, seguramente nada. La madre vio a la gallina acercándose y le pareció que esto era digno de detenerse, de hacerlo permanente  a través de la cámara. En eso consisten finalmente los cumpleaños, y en general las celebraciones, en un intento de permanencia. Parece que si lo celebramos es porque es lo suficientemente importante como para hacerlo memorable en el tiempo, se debe repetir una y otra vez acompañado de toda la parafernalia, que nos asegure que de algo nos acordaremos así sea de lo fea que estaba la homenajeada.  Celebramos y necesitamos hacerlo visible, las fiestas son ruidosas, su decoración brillante, Colgate, colorida. Hacemos invitaciones, cubrimos los regalos en papel esperando que la sorpresa del contenido nos emocione tanto que recordemos después a quien nos regaló ese extraño chaleco que jamás nos pusimos, bueno, a parte de cuando paseamos a nuestros perros. Necesitamos sentir que algo pasó y que es lo suficientemente importante como para ser recordado y vuelto a realizar año tras año.

 

Finalmente los calendarios existen en la medida en que existen las fechas necesarias, las memorables, como si sin celebraciones dejara de existir el tiempo. Celebramos el tiempo, pero en realidad lo hacemos existir en la medida que insistimos en su existencia.  Inventamos las celebraciones y con ellas de alguna manera lo temporal, así  mismo inventamos el tiempo y con él la necesidad de permanencia. Sólo en esta continua contradicción consideramos que estamos vivos. Sé que me celebraron mi primer año de vida, aunque me lo haya perdido en realidad. Para eso existe la imagen de la fotografía, para que sumada al resto del álbum y de los recuerdos materiales o de algún pariente cercano, nos convenzamos  con el tiempo de que somos y  de que estamos.

 

Ahora que reviso de nuevo esa foto, me entero de que en aquel cumpleaños se sirvió sancocho de gallina.

 

 

-Kristina Díaz.

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