17 Oct

Aquel que habita en mi existir, llegó sin ser invitado, en el momento menos propicio, cuando mi inocencia florecía. Llegó para quedarse a la fuerza; llegó para instalarse hasta que lo reconozca.
 Todavía no comprendo por qué continúa torturándome y alimentado un deseo que no me interesa. ¿O tal vez sí?, pero no soy capaz de aceptarlo todavía.
 La idea desatada se expande y se contrae en mi cabeza, mi cuerpo no responde pero falta poco para que lo haga.

En el éxtasis de mi soledad, ese huésped murmura en mi oído de forma provocadora sus pensamientos obscenos. Trata de seducirme con sus encantos nocturnos, es un Dionisio apoderado de la noche que usa las tantas acrobacias que conoce para desafiarme a que tenga brotes de lujuria con aquel desconocido. Es un huésped que me acecha cuando me siento frágil, debate como un Apolo, cuyas razones ponen en cuestión mis seguridades, para luego sumergirse en sus trastornos orgásmicos y me dejan impregnada de su fragancia tentadora que en algún momento dejaré que me aturda.

 

-Angie Roa.

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