Hablar solo

25 May

Una de las pocas memorias de Bogotá que me acompaña desde la niñez es haber visto en el centro de la ciudad a un mendigo viejo hablando solo. El hombre gesticulaba y movía sus manos exageradamente mientras caminaba. Parecía ensayando para una audición, pero tomándose muy en serio su rol para ser una acción preparativa.  Había mucho de verdad en este personaje, parecía el único que sabía lo que estaba haciendo en esa calle; el resto éramos como actores de reparto o espectadores incautos. Él era a la vez un personaje de ficción y una persona real, tan presente, trajinado por el tiempo y eterno.

Lo último que recuerdo fue que lanzó hacia arriba un palo que tenía en la mano diciendo algo así como “no me joda Adriano”. Los que estábamos más cerca dejamos de caminar y seguimos el recorrido del palo con los ojos. Mi abuelo, que estaba conmigo, se rió y me dijo “Adriano debe estar verraco”. Me fui pensando que el señor no estaría tan solo siempre y cuando escuchase voces en su cabeza, a Adriano o a quien fuera.

En Grizzly Man (El Hombre Oso), un documental dirigido por Werner Herzog, se relata la relación de Timothy Treadwell con los osos pardos del Parque Nacional de Katmai en Alaska, con quienes vivió durante años con la excusa de defenderlos de eventuales cazadores, aunque los casos en la zona fueran pocos, si no nulos. La historia es narrada a partir del material fílmico que el mismo Treadwell dejó de sus estancias en Alaska, alrededor de 100 horas de video que muestran imágenes de cómo él se involucra con los osos y con otros animales salvajes, de los osos interactuando entre ellos, de él hablándole a la cámara sobre él mismo, su situación sentimental, sus reflexiones acerca de los humanos, etc. y algunas entrevistas a gente que lo conoció. El Hombre Oso pasa de ser sobre los osos y la naturaleza salvaje a ser sobre Treadwell, un hombre conflictuado con la civilización y las relaciones entre humanos, que decidió vivir entre los osos, en la naturaleza en su forma más agreste.

Para muchos de los entrevistados, así reconocieran sus buenas intenciones, la posición protectora de Treadwell con los osos era injustificada e incluso contraproducente ya que los acostumbraba a la presencia humana, les quitaba cualquier tipo de prevención y de temor, dejándolos vulnerables ante una eventual agresión de cazadores. En algunas secuencias la cordura del protagonista se pone en duda: llora al lado de un zorro mientras le dice que está muy agradecido de que sea su amigo, llora por la muerte de una abeja, insulta furibundo a algunos trabajadores de la reserva por supuestamente sabotear su misión, coge excrementos de oso porque salieron de un oso y así podría estar más cerca de ellos, maldice a todos los dioses por la sequía que tiene con hambre a los osos, y como estos hay otros tantos episodios similares.

Como el mendigo del palo, Treadwell escuchaba voces en su cabeza y hablaba solo. Algunas de sus grabaciones se transmitieron por televisión y alcanzó a tener estatus de celebridad, a lo largo de la película nos enteramos que tuvo algunas novias, sus amigos entrevistados demuestran quererlo bastante, muchos compartían su brigada pro oso y la incentivaban, pero Tradewell hablaba solo. Su verdadero público era él mismo y la cámara le servía para grabar una especie de diario de cómo iba traspasando la barrera invisible que separa humanos de animales, naturaleza de cultura. La mítica libertad prometida por la efusión vital de las pulsiones más primarias y un estilo de vida simple le servían como escape y como crítica de la vida entre humanos, pero entre más tiempo pasaba en la naturaleza, más se afianzaba como personaje.

Cuando a Treadwell y a su novia los mata y se los come un oso, afirmando la “apabullante indiferencia de la naturaleza”, como la llama Herzog, se escribe su epitafio. La paradoja de convertirse al mismo tiempo en pura naturaleza (comida) y en pura cultura (personaje). Un final (de su vida como obra) contundente, trágico y teatral que muchos veían venir, inclusive él admitía la posibilidad de ser matado por uno de sus queridos osos como resultado de su voluntad de volverse otro. Una verdad que se presenta en toda su teatralidad, en ese devenir personaje, convencerse de su rol, como en el caso del mendigo…

-Marcelo Pocalus.

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