Carrera 21 # 42-29, La Soledad

25 May

Un carro, más bien camión de medicina legal estacionado frente a esa casa. Un perro ladrando desde el interior, tres puertas cerradas, una reja de madera pequeña desvencijada, una gran escultura de flores, escalones cubiertos de hojas y enredaderas. Aquel perro desesperado en el interior, ¿de qué se alimenta?.

Parece que pasó mucho tiempo antes de que alguien  supiera que la señora había muerto allí. Los gatos huyeron, los recibos se acumularon en la puerta y debajo de ella.  Los olores se disiparon en las distancias, las cortinas  apenas abiertas, los vidrios opacos y sucios,  la reja apenas en pie, el resto de la fachada hace rato dejó de resistirse, ahora es que se abandona a la soledad que actúa sobre ella. Se la va tragando. Lo que nosotros vemos desde el andén tan sólo es  la constancia pública de lo que hace rato en el interior comenzó a suceder. Las paredes se inflaron, levantando costras de pintura, el verde mohoso de la humedad se fue extendiendo a razón de cualquier trazado de tuberías, el polvo acumulándose sobre toda superficie,  rellenando todo hueco, emparejando toda hendidura,  alterando cada superficie, debajo de  él nada permanece igual, sin importar si antes fue madera o cerámica, alfombra o lo que sea, ahora  es soporte de sus miles de partículas, pelos, piel, restos de alimentos, uno que otro cadáver de insecto, ahora es que todo se cubre en razón de esta transformación. Si no fuera por el impuesto predial  que dejó de pagarse año tras año, a la casa nadie hubiera entrado y al cadáver nadie lo habría encontrado.

Toda  imagen mental sobre  la Soledad  es alterada, en este barrio de ancianos, que permanecieron en sus casas intentando que con ellos permaneciera la gloria anterior, del que ahora desafortunadamente según una de las  páginas  de la alcaldía Mayor, es lugar de los habitantes de la extinta calle del cartucho. Las que se mantienen en pie  finalmente  son las casas, modificadas continuamente por quienes definitivamente se niegan a dejarlas, ahora que nadie los limita, pueden habitarlas completamente. La soledad en ellas jamás es sinónimo de vacío, por el contrario, es presencia.

-Emilia Yepes.

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